domingo, 13 de junio de 2010

El sueño de Sergio

Esa noche, pasé a dormir a un cuarto de la pensión. Ellas dos dormían en otro cuarto, en una cama matrimonial. Había pasado por fuera antes, ya que estaba ocupado, pero, cuando lo conocí por dentro me pareció bastante más amplio de lo que creía, demasiado para pertenecer a la pensión. Tenía una especie de linving-comedor, vacío, y un entrepiso, donde había un cama cumpliendo el rol de sillón. Al descubrir una pieza (cuya puerta daba al living) inmediatamente pensé en Humber, algo así sería ideal para nosotros. Le mandé un mensaje de texto. Le comenté que la pieza a la que se iba a cambiar ya estaba desocupada, que tenía que ir a conocerla. Pero nada de mis ideas sobre el lugar, después de todo era la pensión, el último lugar al que iriamos a vivir.
Luz y yo ya habíamos vuelto varias veces juntas en taxi; radiotaxi. Por las casualidades simpre nos había tocado el mismo conductor; Sergio. Tenía apróximadamente unos treinta años, pelo corto, oscuro. Un tipo común, carente de toda descripción física. El hecho de "conocerlo" nos daba algo de confianza y seguridad durante el recorrido.
Esa noche, después de decirle a Humber que pase a conocer la pieza, me volví en taxi sola. Me subí del lado del acompañante, llevaba la mochila en la falda. No recuerdo haber intercamibado palabra con Sergio. Era una de esas noches "mojadas". No sé que día era, pero era tarde ya. El viaje se tornó largo, en algún momento creo haberme dormido, porque al observar por la ventanilla me era imposible reconocer los lugares que me pasaban por delante. Me extrañé, el viaje era de lo más simple; derecho, derecho, siempre por la paralela a la avenida, hasta doblar. Comencé a sospechar que estaba siendo secuestrada. No sabía que hacer, Sergio seguía sin dirigirme ni la palabra, ni la mirada. Antes de soltar mis emociones y perder el control, quise tantear la situación; le dije "El aparatito no está funcionando". Ni me miró, ni me habló, tampoco sé si me escuchó, yo misma me escuché la voz casi sin fuerza, como ahogada. Los nervios fueron apoderándose de mí. Volví a repetirle que no me iba a poder cobrar el viaje ya que no había encendido el aparato. Sergio, entonces, pasó su brazo por delante de mi rostro y oprimió un botón. Mi frente se humedeció; la pantalla ahora marcaba 0.005. En ese momento me dí cuenta, que no estaba en sus planes cobrarme el viaje y mucho menos llevarme a casa.
Suena su celular, el atiende mientras maneja, y habla con quién parecía ser su madre. Todo parecía real. Mis pensamientos me dictaron creer que Sergio era uno de esos psicópatas que aparentan ser normales, buenas personas, tranquilas. Estaba segura que su madre efectivamente le había llamado. Llegué a pensar que era cómplice de mi secuestro, y que me estaban esperando quien sabe dónde. Me hundí en el asiento, abrí mi mochila y tomé el celular, simulé estar hablando con un interlocutor al cual le informé que estaba yendo, que me espere. Pensé que dicha acción intimidaría a Sergio o por lo menos provocaría alguna reacción de su parte. Nada de esto sucedió. Invadida por el miedo, pero mateniedo la calma, le dije pregunté si me estaba llevando con él, no me contestó, le pedí que no me lleve, que me deje, nada. Le dije entonces que me bajaba, su respuesta fue "no, no te bajes". Sin pensarlo abro la puerta y me lanzó al afalto. El taxi no se detuvo. Me di cuenta que ya no era de noche, que era una húmeda mañana gris. Estaba yo sola en el medio de un camino, de doble mano. A lo lejos puede divisar una camioneta blanca que se acercaba en dirección a mí. Me levanté del suelo y me quedé en medio del camino con la esperanza de conseguir ayuda de ellos. Otros autos aparecieron a la par, y por detras, tenían banderas y sus pasajeros parecian estar de festejo. Parecía que todos ellos formaban una especie de caravana. Comenzaron a aparecer otros autos del lado contrario, llevaban las mismas banderas. Todavía estaban lejos de mí. De repente alguno de esos autos chocó a uno de los primeros que había visto. Se dió entonces como un choque en cadena de varios autos, nada parecía muy grave, pero algunos de los conductores comenzaron a bajar de sus vehículos y a discutir entre ellos. Vi entonces como toda esta situación quedaba ahí, lejos de mí, como ningún vehículo avanzaba hacia mí. Y yo, quieta, mirándolos.